viernes, 5 de junio de 2020

Editorial en homenaje a Alex Campo, el pibe asesinado en Cañuelas

La escarcha congela la punta de los dedos de los pies y mis manos. Cruje entre los agujeros de mi suela con un chillido pastoso que logra eclipsar hasta el primer canto de los gallos madrugadores, esos que dicen que Dios ayuda cuando la nobleza es grande y que acompañan los últimos suspiro de una noche que aprieta pero no ahorca.



En el noticiero de ayer nada decían de esta triste situación, de este domingo tan lejos de las repeticiones que giran en un video de tik tok del que todos tienen tiempo para reir cuando abanican agraciada y ostentosamente celulares tan caros que mi familia podría comer casi cinco meses seguido sin tener que salir a hacer esto ni una puta vez.

Esto de la gomera y mis amigos. Esto del chupar frio para llenar la cacerola. Esa cacerola que retumba en las calles y que pide a graznidos tan fuertes como los de los gallos que el billete verde se libere. Que cosa el verde esa guita. Tan verde como este campo con olor a huevo podrido de eso que le ponen a todo lo que acá se siembra.

Cuarentena y glisfosato son lo más parecido a una de esas escenas de ese tipo con un traje de astronauta que vi en una historieta llamada El Eternauta. Porque el olor a mierda repodrida y vuelta a pudrir que hay acá merecería una de esas máscaras antinucleares y no se si alcanzan mirá te digo...

Pero hay que apechugar. Hacer silencio. Meter el pie en el barro semicongelado... ¡Callate Juan que ahi hay una! Tenemos pal guiso... Y ahí está el grandioso Germán, todos lo miran a él... tensando la cuerda, la piedra del tamaño justo, la liebre sin siquiera enterarse... ya no sopla el viento...

¡Qué mierda es eso Juan! ¡Trae a los Galgos Alex! Rajemos que este tipo está loco, no viste lo que le hizo el otro día a Guillermina...

Pero el motor de mi cuerpo no es tan rápido como la furia que jadea esa bestia. Los ojos inyectados en odio de clase. Saliva de deseo de muerte. Los galgos que se van para el costado y quiero cubrirlos para que no les pase nada. Me caigo. Ahora mi cuerpo barro con escarcha y glisfosato. El rugido que escuchaba allá lejos me duele en el pecho, en las piernas... Me confundo entre el verde, el glisfosato, el barro, la escarcha y la sangre. Mi familia no va a tener con qué pagarme una despedida decente. La fuente otra vez vacía en la mesa...

¡Levántenlo y llévenselo de acá! escucho apenas que dicen... veo borroso y desde lejos a mis amigos... ni siquiera el ultimo dolor de hambre me duele...

- Mahe Kerco

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